Me siento culpable, como si un hubiera cometido un pecado mortal en la Edad Media, condenado por la Inquisición. Como si estuviera vendiendo a Jesús otra vez.
Hoy, perdía la razón y un par de sentimientos por el camino, cuando después de una semana, he vuelto a verte... el primer día, me perdía por todos los pasillos de tu facultad, buscando un poco de tu olor, un pelo rizado flotando en el aire. Luego, a medida que fueron pasando los días me límite a esperarte solo a la puerta de tu clase para volver a marcharme cuando no llegabas.
Conseguí averiguar donde se impartían tus clases después de tres días de deambular por allí, cuando vi tu nombre en una lista de cursos. Luego me has contado que no faltabas a clase, si no que esperabas a que yo me marchaba harto, vigilándome desde una esquina sin que yo te viera, para entrar en clase. Podría haberme sentido hundido por el hecho que no me quisieras ver en una semana, después de lo que nos había sucedido, pero la alegría de volver a verte lo embargo todo. Solo pensé que era un estúpido juego de ratón y gato ha lo que habíamos estado jugando, para al final, estar de nuevo juntos.
Es como una fotografía. El momento en el que he vuelto a verte, se me ha agarrado por dentro mucho más que el primero. El primero, era sorpresa. El segundo, comportaba nerviosismos. Pero ahora, las paredes vestían su tono gris de naranja bañadas por una sintonía de rayos de primera hora de la mañana. Surgiste de detrás de una columna bañada por una cortina brumosa de luz bergamota. Era como una segunda piel que te envolvía, que te hacía parecer etérea. Al principio, pensé que eras una aparición, un malentendido entre mi cerebro y la parte más recóndita de mis entrañas, pero una vez que te escapaste a esa luz cegadora, te descubrí en vaqueros y con una camiseta negra con la leyenda:
“He Who Rocks Lives Longest”.Supe inmediatamente que eras tú. Que se había acabado la espera y que inmediatamente nos marcharíamos para hacer el amor en cualquier lugar y besarnos sin contemplaciones como la primera tarde en mi casa. Estaba tan solo ligeramente equivocado.
Marchabas pisando fuerte, hasta que llegaste a mi altura. Unas pocas palabras salieron de tus labios: “No podemos volver a vernos”. Y sentí como una garra de acero o aluminio me penetraba desde los pies hasta la cabeza y me arrancaba algo situado entre mis riñones y mis intestinos. Igual que habías llegado, entraste en tu clase y yo me quedé paralizado, sin saber que hacer o decir, aunque suponía que aquello era lo que uno debe de esperar cuando no consigue ver a la persona que quieres después de perseguirla toda una semana.
Después de media hora estancado, hundiéndome en un mar de sargazos interior, decidí escribirte una carta y dejarla pegada en el cristal de la puerta de tu aula, con la esperanza de que la vieras o alguien te la diera.
Aquí están las palabras que te escribí:
Podría decirte que te odio,
Pero no puedo, no alcanzo ni a soñarlo.
Las luces se apagaban cuando te besé,
Y los rayos caían sobre el cielo.
Soy el único que puede amarte,
Lo sé...
Y ni siquiera tú puedes evitarlo,
Nadie puede hacerlo.
Tengo miedo de todo lo que te necesito,
Pero volverás...
Soy culpable de ello.
Encuéntrate conmigo esta tarde, en...
Y desde entonces me siento culpable, porque vengo de estar contigo toda la tarde y siento que te estoy empujando a algo que no puedes evitar pero que tampoco quieres cometer.
No querías que estuviéramos en la calle, en un parque o en una cafetería, así que volvimos a mi casa. Y allí, esta vez sin tormenta, hemos hecho el amor otras tres veces hasta que te has marchado solo hace un momento.
Has hablado poco, no me has contado porque no querías y no quieres verme, pero parece, que sea lo que sea que te atormenta, lo hace un poco menos.
Soy culpable, es definitivo. Culpable de desear tus pezones color cereza y tu pelo vestido de trenzas amargas. Imagino que puedo dejar que me condenen, podré superarlo, pero solo si estás, si permaneces, junto a mí.
_____________Hacía una semana que evitaba ver a Roberto cada día. Me esperaba a las puertas del aula donde tengo las clases y espero a que se marche para entrar. Esa tensión me estaba corroyendo por dentro. Todos los convencionalismos de mi vida, todas las rutinas se habían venido abajo por subirme a ese tren fronterizo que me había sido propuesto.
Al principio tenía la tentación de acercarme a él para volver a besarle, al menos de una manera algo casta e inocente para calmar el instinto que sufría desde el día que me acosté con él, pero la verdad es que acabé desechándolo. Hasta que pasó una semana y ya deje de llorar en la cama, porque el apasionado debate lo acabó ganando mi cabeza y no mi corazón, al menos por unas horas.
Me vestí como una chica dura y decidida, aunque estaba deshecha por dentro. Esa...
(... continúa)