
Elena se asomó a la ventana y vio que era Alberto quien la llamaba desde la calle, sin hacer ruido, para que nadie se enterara. Abrió la ventana lentamente. Alberto solo estuvo allí unos segundos, los necesarios para decirle, “a las diez estaré aquí para llevarte conmigo”.
El resto de la hora, Elena la pasó dando vueltas por la habitación pensando en esas ocho palabras. A donde la llevaría. Se fugarían. Ella deseaba marcharse de allí a cualquier precio. No deseaba que en cualquier momento la llevaran de nuevo a una clínica alejándola de nuevo de todo lo que más quería.
Un par de años atrás la habían arrebatado su infancia, su paso de niña a mujer o de mujer a niña. Y había permanecido allí demasiado tiempo, borrando de su mente todo y a todos los que la habían rodeado, con la escasa excepción de sus padres. Ante la duda, cogió una mochila vieja y ligeramente ajada por uno de sus lados y metió en ella un poco de ropa. Y se sentó en la cama para esperar.
La madre de Elena estaba preocupada. No entendía porque de repente, su hija había tornado en rebeldía. Pensaba que ella ya era consciente de lo que le suponía dejar de tomar la medicación. Mientras que cortaba lechuga, haciéndola pedacitos y pagando con ella sus frustraciones. A los diez minutos, casi cuando estaba terminando de preparar la ensalada y comenzaba a preparar unas croquetas, llegó su marido a casa.
Ni siquiera un beso, lo primero que le dijo la madre de Elena al padre de la muchacha es que ésta no se había tomado la medicación esa mañana. El padre de la chica, no se preocupo mucho a diferencia de la madre y lo achacó a solo un olvido. Desde que la chica había vuelto de la clínica no había sucedido, así que consideró que no era un motivo muy importante de preocupaciones. Para él, era mucho más importante sus problemas laborales que las visicitudes u olvidos de su hija adolescente en vacaciones, por muy enferma que estuviera. La quería pero ahora no era el momento. Como muchos padres de su generación solo comenzaban a mostrarse asustados por su familia cuando el problema o la enfermedad les salpicaba al explotar.
Arriba la niña-mujer esperaba a su amor, como una Julieta moderna aunque sin ama y sin veneno.
A las nueve de la noche, la llamaron a cenar, aunque el cosquilleo en el estomago de lo que Alberto la estuviera preparando o a donde la fuera a llevar, la impidió comer algo más que un bocado. Su madre la reprochó de nuevo su olvido durante la cena, pero esto solo hizo más que reafirmar el comportamiento de Elena de no volverse a tomar más aquella droga.
Tan rápido como terminó de comer, volvió a la habitación para observar la ventana de Alberto que desde que lo hubiera visto esta tarde por última vez, permanecía sin movimiento, opaca a los últimos rayos rosados de sol. A veces parece que el cielo se tiñera de sangre al anochecer o al amanecer, como un cruel vaticinio de lo que ha ocurrido u ocurrirá durante el día o la noche.
La madre de Elena salió a tirar la basura de la cena y a la puerta de su casa se encontró con Alberto. Éste ya se dirigía a la ventana de ella, porque aunque faltaba algo más de veinte minutos para las diez, no podía aguantar ni un minuto más sin ella.
La madre de Alberto le saludó y luego le interrogó hábilmente sobre lo que habían estado haciendo ambos esa tarde. Alberto desde luego no le contó todo lo que pasaba a partes iguales por su cabeza o corazón, decidió simplemente contarle una media verdad, decirle que habían estado poniéndose al día en su amistad infantil. La madre de Elena tenía miedo. Tenía miedo a que su hija volviera a recaer por cualquier motivo, la consideraba demasiado frágil como para tener amigos y mucho menos novios, la consideraba frágil para divertirse o para hacer cualquier cosa más allá de los muros de su casa. Hacía tiempo que aquella urbanización iba a representar los mismos muros que anteriormente había representando la clínica para la chica y ahora ningún adolescente iba a echar a perder sus planes.
Así que la madre de Elena le contó la verdad de los últimos dos años. Le narró con todo lujo de detalles como la chica sufría una enfermedad mental, era bipolar. Era maníaco – depresiva. Aquellas palabras resonaron en la mente de Alberto para hacer el efecto que la madre de Elena deseaba. Provocarle miedo a la locura. Levantar en él todos los prejuicios que la mayoría de la gente tiene hacía estas enfermedades, hacerle salir corriendo. El chico escucho el relato detallado de cómo Elena había sufrido su primer ataque maníaco la noche de aquel día que él la había dibujado con tanto sentimiento sobre el césped de un atardecer.
La madre de Elena en seguida supo que sus simples palabras reales y efectivas habían conseguido su objetivo. Lo vio dibujado en la cara del muchacho que se marchó sin pensar en las consecuencias hacía la que sería por última noche la habitación de su infancia.
Elena en la soledad de su habitació...
(... continúa)